lunes, 16 de abril de 2007

El periódico

Paseo mi visión periférica reducida por la habitación, producto de un día en que me sentí decoradora con autoridad para cambiar el mundo, al menos, ese pequeño mundo que vería durante años y reuniría la gente que rodeaba mi vida en cada fecha que marca la cotidianidad. Cumpleaños, Navidad, noches de desvelo estudiando o cuidando enfermedades, recetas experimentales, reuniones sencillas, acordes de guitarra, risas, discusiones y lágrimas, han quedado impregnados en cada pared y esquina. Era feliz haciendo cualquier cosa por cuidar de los míos, sacaba el pan de mi boca, usaba la misma ropa durante años.
El problema comenzó cuando inicié a pensar en mí y me di cuenta que de mí no sabía nada.
Entonces la suscripción al periódico comenzó a parecer un agasajo de vida. Esperaba su sonido peculiar de papel apretado golpeando el asfalto a las 5 AM, cuando el muchacho cargado con letras de tinta reproducía con atino la nota percusionista.
Como de costumbre, no lo leería de inmediato. Los periódicos deben pasar un proceso de marinado sobre alguna mesa o silla absorbiendo energía del nuevo entorno, hasta hacerse parte del mismo. Sólo entonces lo iba seccionando en pedazos, unos para educarme, otros para llorar, otros para esconder el miedo, otros para reír, otros para desesperarme, otros para soñar posibilidades, otros para recordar el pasado, otros para olvidarlo.
Saben muy poco de sus lectores los periódicos que caen frente a las casas, o los comprados en un estante cuando vamos de pasada y no los podemos evitar. Conocen sólo sus propias historias, algunas realistas, otras amarillistas, ficciones, emociones secuencia del ego o del alma. En general nos venden cosas, sueños para sobrevivir o buscar nuevos caminos. A mí me vendieron el llanto que surge de su publicidad al saber que nada se obtiene a cambio del dinero que no se tiene, ni el respeto de mis mejores aliados, ni la armonía pretendida en detalles del decorado y mucho menos un amante. Ese llanto que asalta cuando te ves con 60 años y relaciones blasfemando rechazo y soledad.
¡He amado tanto! He luchado contra mis fantasmas para intentar hacer lo correcto y nada pareció funcionar. Pero el periódico de hoy es especial. Irá conmigo a ese motel donde pasaré mis últimas horas, demostrando que una cosa o animal puede ser tan amiga de alguien, como quien nunca supo ser, marcando la fecha de años aferrados a una fe silente y cíclica que siempre se trunca. Aunque ahora que recuerdo, mañana el muchacho lo vendrá a cobrar.


© ALR, 2007, Puerto Rico

1 comentario:

Té la mà Maria dijo...

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